Por: Israel Rodal Espinosa 

5 de enero 2026

Introducción

Una de las críticas más reiteradas contra el arte rejoneo sostiene que el caballo, al enfrentarse al toro, actúa contra natura; que su comportamiento no es expresión de su condición animal sino resultado de una doma violenta, artificial o coercitiva.

Esta afirmación, repetida como axioma moral, rara vez es examinada con rigor zoológico, etológico o histórico.

El presente artículo propone una lectura distinta: el caballo de rejoneo no actúa contra su naturaleza, sino conforme a una naturaleza educada, desarrollada y llevada a su plenitud funcional mediante una doma que se funda en la confianza, no en la anulación.

La noción de “natura” aplicada al caballo: una simplificación moderna.

    Decir que el caballo rehúye el enfrentamiento por naturaleza es parcialmente cierto, pero radicalmente incompleto.

    El caballo es un animal; de presa, pero también gregario, jerárquico y profundamente sensible a la guía de un líder.

    La etología contemporánea reconoce que el caballo no vive en libertad individual, sino en estructuras de mando, alerta compartida, reacción colectiva y actitud solidaria con los suyos.

    La huida no es su única respuesta posible: la contención, la defensa y el enfrentamiento condicionado también forman parte de su repertorio cuando la cohesión del grupo o la seguridad del líder así lo exige.

    El caballo de rejoneo no niega su naturaleza: la canaliza bajo un orden superior.

    La doma bien establecida, no es negación de la naturaleza, sino su educación y canalización a un meta noble.

      Toda doma auténtica parte de una verdad elemental; el caballo no nace domado, pero sí dispuesto a ser educado por su grupo y su líder.

      Resulta paradójico que se invoque la “naturaleza” para condenar el rejoneo, cuando:

      • el caballo doméstico es una construcción cultural milenaria,
      • su morfología actual es fruto de selección humana,
      • su psicología ha evolucionado en simbiosis con el hombre.

      La doma en el Rejoneo no busca; extinguir el miedo, ni suprimir el instinto, ni mecanizar el gesto o la expresión.

      El Rejoneo busca ordenar la energía, canalizarla el instinto y darle un sentido compuesto y maximizar la expresión de los individuos participantes en el, de ahí la emoción que genera a los que lo disfrutan.

      Aquí conviene distinguir con claridad; coacción que rompe, de autoridad que estructura y canaliza, razón por la cual no va contra natura el caballo domado a la cita con el Toro.

      Hablar de “contra natura” es ignorar que:

      • no hay caballo ibérico sin equitación,
      • no hay equitación sin finalidad,
      • no hay finalidad sin riesgo.

      La objeción no es científica, sino antropológica: una dificultad moderna para aceptar que el hombre tenga derecho —y deber— de dirigir.

      El caballo que entra al toro con fuerza y alegría, no lo hace por terror al castigo, sino porque:

      • confía en su jinete, que es su líder;
      • comprende la situación de peligro;
      • ha sido preparado y convencido progresivamente por su líder, que tiene la capacidad de salir de esa situación con facilidad.

      Un caballo aterrorizado no se reúne, no galopa recto de poder a poder hacia el Toro, no se cruza al peligro, no se ofrece, no entrega el pecho al Toro, ni su costado, no hay verdad. 

      La técnica del rejoneo exige justo lo contrario, la verdad pura, y en razón a esta última, el caballo domado va en naturaleza a la cita de esa situación, sabedor que puede salir de ella.

      El caballo de rejoneo actúa desde la confianza, no desde la violencia.

        El eje moral de la doma rejoneadora es la confianza, misma que se construye en el trabajo diario, en la coherencia del jinete, en la claridad de las ayudas, en la ausencia de traición.

        El caballo aprende que el jinete ve lo que él no ve, decide lo que él no puede decidir y asume la responsabilidad del riesgo sostenido en la confianza. Aquí se produce un fenómeno profundamente humano y animal a la vez; la transferencia de responsabilidad. El caballo no es inconsciente del peligro; simplemente no lo afronta solo, lo hace en equipo, en manda pues, en este caso con su jinete y líder.

        El caballo en “contra natura” como argumento ideológico.

          Resulta paradójico que se invoque la “naturaleza” para condenar el rejoneo, cuando:

          • el caballo doméstico es una construcción cultural milenaria,
          • su morfología actual es fruto de selección humana,
          • su psicología ha evolucionado en simbiosis con el hombre.

          El caballo de rejoneo no existiría sin la cultura que se le reprocha, hablar de “contra natura” es ignorar que:

          • no hay caballo ibérico sin equitación,
          • no hay equitación sin finalidad,
          • no hay finalidad sin riesgo.
          • no hay renuncia del caballo al riesgo, si hay confianza de por medio en su jinete.

          La objeción no es científica, sino antropológica: una dificultad moderna para aceptar que el hombre tenga derecho y deber de dirigir, a quien se entrega en razón de su liderazgo, no lo dice el autor, lo dicen los hechos mayoritarios en las plazas de toros en más de cien años, el caballo sigue, de poder a poder, frente al toro siempre y cuando haya la adecuada gobernanza.

          La doma frente al toro como culminación, no como aberración

          El enfrentamiento con el toro no es el inicio de la doma, sino su última consecuencia.

          Solo llegan al toro con verdad, caballos equilibrados, valientes dominando su temeridad, obedientes y en sumisión completa a los designios de quien los dirige, el hombre, así como en la naturaleza se dejan guiar por el líder de la manda. Muchos quedan por el camino, eso, lejos de ser crueldad, es responsabilidad técnica y artística.

          El toro no revela la brutalidad del sistema, sino su exigencia técnica y artística; no hay arte sin un corazón(es) libre(s).

          Ética del rejoneo: riesgo compartido y dignidad animal

          En el rejoneo auténtico el caballo no es desechable, el jinete asume el peligro y el error se paga caro.

          No hay cinismo estructural, hay riesgo real, y por ello verdad, el caballo muere raramente; el toro casi siempre, pero el toro existe porque muere así y el caballo vive porque se le ha querido apto para ello, sin embargo; el toro vive libre con sus hermanos prácticamente 4 a 5 años, mientras que el caballo a partir de los 3 años, vive en un régimen controlado, restrictivo y de educación que no pidió, pero que al final asume y, termina por entender y aceptar.

          Esta lógica que se presenta, no es sentimental, es objetiva, acreditada en hechos de vida humana y animal; como toda cultura profunda es trágica, alegre y clásica, como en si es la vida de todos los seres en este mundo.

          El rejoneo como expresión de una antropología completa

          La doma del caballo de rejoneo no es:

          • violencia encubierta, sino educación exigente; 
          • no es negación de la naturaleza, sino su elevación funcional al nivel más alto; 
          • no es abuso, sino alianza jerárquica y confianza de corazón entregada al líder, como el soldado que entrega lo más preciado que es su vida a la ejecución de la orden de un coronel o general, la ofrece por lo que cree, igual que el caballo a su jinete en la plaza de toros.

          El rechazo contemporáneo al rejoneo no nace de mayor amor al animal, sino de una renuncia del hombre a su papel ordenador y a la negación generacional que persiste hoy día en el sentido que la vida tiene un componente de dolor, sacrificio y riesgo en lo sublime.

          Y como advertía una y otra vez el pensamiento clásico, y así como el gran genio teólogo contemporáneo, el Papa Benedicto XVI, que señalaba este principio: “…cuando el hombre deja de gobernar con la razón, no libera la creación: la desorienta”.

          Conclusión 

          El caballo de rejoneo, visto sin prejuicio y con mirada completa, no es una anomalía ética, ni una aberración técnica; es la culminación de una relación antigua entre razón humana y naturaleza animal. En él no se cancela el instinto, se le ordena; no se niega el miedo, se le da sentido; no se suprime la vida, se la expone, con dignidad y oportunidad al riesgo que la hace verdadera. La plaza no es el lugar donde el caballo es forzado a ser otro, sino donde llega a ser plenamente lo que ha sido educado para ser; un animal consciente del peligro, confiado en su líder y capaz de responder con verdad ante el toro.

          El rejoneo, en su forma auténtica, no se sostiene sobre la violencia sino sobre la gobernanza; una jerarquía aceptada, una autoridad probada y una confianza que solo se construye con coherencia, tiempo y responsabilidad

          Por eso el Arte del Rejoneo resiste el análisis técnico, etológico y ético cuando se lo aborda sin consignas; porque no es un artificio sentimental, ni una nostalgia cultural, sino una antropología viva: la afirmación de que el hombre, cuando gobierna con razón, no degrada la naturaleza que toca, sino que la eleva a su máxima expresión funcional y simbólica.

          Negar esto no es proteger al caballo, ni al toro; es renunciar a comprenderlos; Y, más aún, es renunciar a comprender al propio hombre y su papel rector. Allí donde se exige un mundo sin riesgo, sin jerarquía y sin sacrificio, no se construye una ética superior, sino una deserción moral. 

          El rejoneo permanece, precisamente, porque recuerda, con belleza trágica y verdad técnica, que la vida, para ser plena, necesita orden, coraje y sentido. Y que cuando la razón gobierna, la naturaleza no se rebela; responde con un nivel sublime de expresión originado en una intención y razón libre; i) del Toro, ii) el caballo y iii) el jinete.